viernes, 5 de mayo de 2017

Powered by 123ContactForm | Reportar abuso

viernes, 26 de agosto de 2016

Cada año en Argentina, el primer fin de semana de octubre se realiza una peregrinación a la basílica de Luján. Esta es la experiencia de alguien que sirve en la enfermería durante las peregrinaciones.
 
Soy kinesióloga y eso hace que no dude en ofrecer mi servicio. Peregriné a Luján cuatro veces como servidora en la enfermería, pero esta fue la primera que lo hice con el Movimiento de la Palabra de Dios y acompañando a mi hija.
Es hermoso ver al rebaño de Dios que camina hacia Él por María. No hay explicación que entienda nuestra razón sobre la fuerza de convocatoria de la Madre a sus hijos.

camine2Me maravilla ver que nosotros partimos tal cual somos, con nuestra identidad, con nuestras fuerzas físicas intactas y cómo la Virgen, poco a poco, entre parada y parada, se encarga de ir despojándonos de toda nuestra humanidad. Es en ese momento cuando, con su delicadeza y amor, nos envuelve con su manto de protección. Ya en Luján, frente a su imagen, solo le entregamos nuestro corazón, con sus miserias y flaquezas, porque el resto quedó en el camino. Este es el instante en el que Ella, año a año, derrama sus gracias. 
Se gastan todas las fuerzas humanas, solo llegamos gracias a Ella. Ya no nos importa nuestra imagen, ni la condición de nuestra ropa, ni el cabello desprolijo, ni nuestros dientes sucios, ni nos molesta el sudor. Perdemos noción del frío y del calor, del hambre, de nuestro estado físico, no sabemos ni siquiera dónde nos duele más, dónde quedaron nuestras piernas, cuántas ampollas tenemos, ni si las medias están mojadas, ni si la piel está reseca o colorada por el sol. Todo es intrascendente, porque perdimos la noción de nosotros mismos, nos "vaciamos" de nuestro cuerpo, nuestra historia, nuestras cosas…
 Es allí donde siento claramente que mis manos, con las que masajeo a los peregrinos, son las de Jesús, que viene a nuestro encuentro en nuestras dificultades, que está atento, que nos descansa… Es Él quien utiliza mi pobreza humana, logra trascender mis límites y me hace su instrumento para llegar al hermano.
 Yo también, parada tras parada, me fui despojando de mí misma para estar disponible al otro y para sentir que, cuando pude abrazar su pie cansado con mis manos, la Virgen hizo que en esa continuidad fuéramos uno.
Agradezco a Dios la oportunidad de vivir esta experiencia y espero que cada peregrino que asisto pueda sentir a Jesús cerca. Él alivia sus dolores, les da fuerzas y los alienta a seguir caminando para enseñarnos que solo dejando todo y aceptando nuestros límites, podemos seguir.
 Ya en Luján, a María le entregamos nuestra esencia: nuestro corazón. Agradezco a todos los peregrinos la experiencia de vivir el compartir; sus logros fueron los míos. Ellos caminaron con los pies, yo con mis manos. Todos llegamos en comunidad y no hubiéramos podido hacerlo solos. La peregrinación es, sin duda, un testimonio para nosotros y para el resto del mundo de lo que Dios obra si nos entregamos, caminamos juntos y nos dejamos levantar.
La alegría y la plenitud de haber podido aliviar con mis manos el camino del hermano me hizo pensar en la alegría de nuestro Padre, cuando dejamos que con su amor, nos alivie en nuestro caminar por la vida, como nos dice en su Palabra: “Vengan a mí los que estén afligidos y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt 11, 28).
Gracias, hermano, por dejarte ayudar. Gracias a Dios por ayudarnos a vivir. Que Él nos guíe para dejarnos amar.

María Julia A. de Cuello

lunes, 8 de febrero de 2016

Remedio casero para combatir al dengue

http://recuperalasalud.blogspot.com.ar/2013/01/tratamientos-naturales-para-el-dengue.html?m=1

martes, 2 de febrero de 2016

Papa Francisco explica “el único camino para ser humilde” y de ahí alcanzar la santidad

VATICANO, 01 Feb. 16 / 10:30 am (ACI/EWTN Noticias).- Durante la Misa celebrada este lunes en la Casa Santa Marta, el Papa Francisco recordó que para alcanzar la santidad es necesario ser humildes, y “el único camino para la humildad es la humillación”.
El Santo Padre dijo esto al reflexionar sobre la vicisitud del Rey Da vid que, consciente de su propio pecado –había hecho matar al oficial Urías para cubrir el adulterio con su esposa Betsabé–, acepta las humillaciones con espíritu de confianza en el Señor. Además el Pontífice advirtió que Dios perdona el pecado, “pero las heridas de una corrupción –dijo– difícilmente se curan”.
El Rey David “se encuentra a un paso de entrar en la corrupción”, pero el profeta Natán, enviado por Dios, le hace comprender el mal que había hecho. Francisco se detuvo a considerar en su homilía la figura de David, “pecador, pero santo”.
Por tanto, señaló el Papa, David es pecador, pero no corrupto, porque “un corrupto no se da cuenta de esto”.
“Se necesita una gracia especial para cambiar el corazón de un corrupto. Y David, que tenía el corazón noble, dice: ‘¡Ah, es verdad: he pecado!’, y reconoce su culpa. ¿Y qué cosa dice Natán? ‘El Señor perdona tu pecado, pero la corrupción que tú has sembrado crecerá. Tú has matado a un inocente para cubrir un adulterio. La espada jamás se alejará de tu Casa’. Dios perdona el pecado, David se convierte, pero las heridas de una corrupción difícilmente se curan. Lo vemos en tantas partes del mundo”.
David se encuentra con que debe afrontar a su propio hijo Absalón, corrupto, que le hace la guerra. Pero el Rey reúne a los suyos y decide dejar la ciudad sin usar a Dios para defenderse. Se va de allí “para salvar a su pueblo”. “Y éste –explicó Francisco– es el camino de la santidad que David, después de aquel momento en que había entrado en la corrupción, comienza a poner en práctica”.
El Papa recordó que David, llorando y con la cabeza cubierta, deja la ciudad y hay quien lo sigue para insultarlo. Entre estos, Simei que lo llama “sanguinario” y lo maldice. David acepta esto porque “si maldice es porque el Señor se lo ha dicho”.
“Después David dijo a sus siervos: ‘He aquí, el hijo salido de mis vísceras que trata de quitarme la vida’. Absalón. ‘Y entonces, a este benjamín déjenlo que maldiga, puesto que esto se lo ha ordenado el Señor. David sabe ver los signos: es el momento de su humillación, es el momento en el que él está pagando su culpa. ‘Quizás el Señor mire mi aflicción y me devuelva el bien a cambio de la maldición de hoy’, y se encomienda en las manos del Señor. Este es el recorrido de David, desde el momento de la corrupción a esta entrega en las manos del Señor. Y esto es santidad. Esto es humildad”.
El Santo Padre dijo que “en cada uno de nosotros, si alguien nos dice algo, una cosa fea, inmediatamente tratamos de decir que no es verdad”. O hacemos como Simei: “Damos una respuesta aún peor”.
En ese sentido, señaló que “la humildad sólo puede llegar a un corazón a través de las humillaciones. No hay humildad sin humillaciones, y si tú no eres capaz de aceptar algunas humillaciones en tu vida, no eres humilde”. Es simple, es “matemático”, reafirmó el Papa.
“El único camino para la humildad es la humillación. La finalidad de David, que es la santidad, viene a través de la humillación. El fin de la santidad que Dios regala a sus hijos, que regala a la Iglesia, viene a través de la humillación de su Hijo, que se deja insultar, que se deja llevar sobre la Cruz, injustamente… Y este Hijo de Dios que se humilla, es el camino de la santidad. Y David, con su actitud, profetiza esta humillación de Jesús”.
Por ello, el Papa invitó a pedir “al Señor la gracia, para cada uno de nosotros, para toda la Iglesia, la gracia de la humildad, pero también la gracia de comprender que no es posible ser humildes sin humillación”.
Primera lectura
II Samuel 15:13-14, 30; 16:5-13
13 Llegó uno que avisó a David: «El corazón de los hombres de Israel va tras de Absalón.»
14 Entonces David dijo a todos los servidores que estaban con él en Jerusalén: «Levantaos y huyamos, porque no tenemos escape ante Absalón. Apresuraos a partir, no sea que venga a toda prisa y nos dé alcance, vierta sobre nosotros la ruina y pase la ciudad a filo de espada.»
30 David subía la cuesta de los Olivos, subía llorando con la cabeza cubierta y los pies desnudos; y toda la gente que estaba con él había cubierto su cabeza y subía la cuesta llorando.
5 Cuando el rey David llegó a Bajurim salió de allí un hombre del mismo clan que la casa de Saúl, llamado Semeí, hijo de Guerá. Iba maldiciendo mientras avanzaba.
6 Tiraba piedras a David y a todos los servidores del rey, mientras toda la gente y todos los servidores se colocaban a derecha e izquierda.
7 Semeí decía maldiciendo: «Vete, vete, hombre sanguinario y malvado.
8 Yahveh te devuelva toda la sangre de la casa de Saúl, cuyo reino usurpaste. Así Yahveh ha entregado tu reino en manos de Absalón tu hijo. Has caído en tu propia maldad, porque eres un hombre sanguinario.»
9 Abisay, hijo de Sarvia, dijo al rey: «¿Por qué ha de maldecir este perro muerto a mi señor el rey? Voy ahora mismo y le corto la cabeza.»
10 Respondió el rey: «¿Qué tengo yo con vosotros, hijos de Sarvia? Deja que maldiga, pues si Yahveh le ha dicho: "Maldice a David" ¿quién le puede decir: «Por qué haces esto?»
11 Y añadió David a Abisay y a todos sus siervos: «Mirad, mi hijo, salido de mis entrañas, busca mi muerte, pues ¿cuánto más ahora un benjaminita? Dejadle que maldiga, pues se lo ha mandado Yahveh.
12 Acaso Yahveh mire mi aflicción y me devuelva Yahveh bien por las maldiciones de este día.»
13 Y David y sus hombres prosiguieron su camino, mientras Semeí marchaba por el flanco de la montaña, paralelo a él; iba malcidiendo, tirando piedras y arrojandos polvo.
 

sábado, 30 de enero de 2016

Lectura del dia

Evangelio según San Marcos 4,35-41. Al atardecer de ese mismo día, les dijo: "Crucemos a la otra orilla". Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya. Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal. Lo despertaron y le dijeron: "¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?". Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: "¡Silencio! ¡Cállate!". El viento se aplacó y sobrevino una gran calma. Después les dijo: "¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?". Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: "¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?".

viernes, 29 de enero de 2016

«'Misericordia quiero y no sacrificio' (Mt 9,13).

VATICANO, 26 Ene. 16 / 06:05 am (ACI).- Hoy se dio a conocer el mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2016 que lleva como título «'Misericordia quiero y no sacrificio' (Mt 9,13). Las obras de misericordia en el camino jubilar». El texto ha sido dado a conocer por la Santa Sede en conferencia de prensa. Los idiomas en los que puede encontrarse son el italiano, español, inglés, polaco, alemán, portugues, francés y árabe.
A continuación el texto completo en español:
«'Misericordia quiero y no sacrificio' (Mt 9,13).
Las obras de misericordia en el camino jubilar»
1. María, icono de una Iglesia que evangeliza porque es evangelizada
En la Bula de convocación del Jubileo invité a que «la Cuaresma de este Año Jubilar sea vivida con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios» (Misericordiae vultus, 17). Con la invitación a escuchar la Palabra de Dios y a participar en la iniciativa «24 horas para el Señor» quise hacer hincapié en la primacía de la escucha orante de la Palabra, especialmente de la palabra profética. La misericordia de Dios, en efecto, es un anuncio al mundo: pero cada cristiano está llamado a experimentar en primera persona ese anuncio. Por eso, en el tiempo de la Cuaresma enviaré a los Misioneros de la Misericordia, a fin de que sean para todos un signo concreto de la cercanía y del perdón de Dios.
María, después de haber acogido la Buena Noticia que le dirige el arcángel Gabriel, María canta proféticamente en el Magnificat la misericordia con la que Dios la ha elegido. La Virgen de Nazaret, prometida con José, se convierte así en el icono perfecto de la Iglesia que evangeliza, porque fue y sigue siendo evangelizada por obra del Espíritu Santo, que hizo fecundo su vientre virginal. En la tradición profética, en su etimología, la misericordia está estrechamente vinculada, precisamente con las entrañas maternas (rahamim) y con una bondad generosa, fiel y compasiva (hesed) que se tiene en el seno de las relaciones conyugales y parentales.
2. La alianza de Dios con los hombres: una historia de misericordia
El misterio de la misericordia divina se revela a lo largo de la historia de la alianza entre Dios y su pueblo Israel. Dios, en efecto, se muestra siempre rico en misericordia, dispuesto a derramar en su pueblo, en cada circunstancia, una ternura y una compasión visceral, especialmente en los momentos más dramáticos, cuando la infidelidad rompe el vínculo del Pacto y es preciso ratificar la alianza de modo más estable en la justicia y la verdad. Aquí estamos frente a un auténtico drama de amor, en el cual Dios desempña el papel de padre y de marido traicionado, mientras que Israel el de hijo/hija y el de esposa infiel. Son justamente las imágenes familiares —como en el caso de Oseas (cf. Os 1-2)— las que expresan hasta qué punto Dios desea unirse a su pueblo.
Este drama de amor alcanza su culmen en el Hijo hecho hombre. En él Dios derrama su ilimitada misericordia hasta tal punto que hace de él la «Misericordia encarnada» (Misericordiae vultus, 8). En efecto, como hombre, Jesús de Nazaret es hijo de Israel a todos los efectos. Y lo es hasta tal punto que encarna la escucha perfecta de Dios que el Shemà requiere a todo judío, y que todavía hoy es el corazón de la alianza de Dios con Israel: «Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,4-5). El Hijo de Dios es el Esposo que hace cualquier cosa por ganarse el amor de su Esposa, con quien está unido con un amor incondicional, que se hace visible en las nupcias eternas con ella.
Es éste el corazón del kerygma apostólico, en el cual la misericordia divina ocupa un lugar central y fundamental. Es «la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado» (Exh. ap. Evangelii gaudium, 36), el primer anuncio que «siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra a lo largo de la catequesis» (ibíd., 164). La Misericordia entonces «expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer» (Misericordiae vultus, 21), restableciendo de ese modo la relación con él. Y, en Jesús crucificado, Dios quiere alcanzar al pecador incluso en su lejanía más extrema, justamente allí donde se perdió y se alejó de Él. Y esto lo hace con la esperanza de poder así, finalmente, enternecer el corazón endurecido de su Esposa.
3. Las obras de misericordia
La misericordia de Dios transforma el corazón del hombre haciéndole experimentar un amor fiel, y lo hace a su vez capaz de misericordia. Es siempre un milagro el que la misericordia divina se irradie en la vida de cada uno de nosotros, impulsándonos a amar al prójimo y animándonos a vivir lo que la tradición de la Iglesia llama las obras de misericordia corporales y espirituales. Ellas nos recuerdan que nuestra fe se traduce en gestos concretos y cotidianos, destinados a ayudar a nuestro prójimo en el cuerpo y en el espíritu, y sobre los que seremos juzgados: nutrirlo, visitarlo, consolarlo y educarlo. Por eso, expresé mi deseo de que «el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina» (ibíd., 15). En el pobre, en efecto, la carne de Cristo «se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga... para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado» (ibíd.). Misterio inaudito y escandaloso la continuación en la historia del sufrimiento del Cordero Inocente, zarza ardiente de amor gratuito ante el cual, como Moisés, sólo podemos quitarnos las sandalias (cf. Ex 3,5); más aún cuando el pobre es el hermano o la hermana en Cristo que sufren a causa de su fe.
Ante este amor fuerte como la muerte (cf. Ct 8,6), el pobre más miserable es quien no acepta reconocerse como tal. Cree que es rico, pero en realidad es el más pobre de los pobres. Esto es así porque es esclavo del pecado, que lo empuja a utilizar la riqueza y el poder no para servir a Dios y a los demás, sino parar sofocar dentro de sí la íntima convicción de que tampoco él es más que un pobre mendigo. Y cuanto mayor es el poder y la riqueza a su disposición, tanto mayor puede llegar a ser este engañoso ofuscamiento. Llega hasta tal punto que ni siquiera ve al pobre Lázaro, que mendiga a la puerta de su casa (cf. Lc 16,20-21), y que es figura de Cristo que en los pobres mendiga nuestra conversión. Lázaro es la posibilidad de conversión que Dios nos ofrece y que quizá no vemos. Y este ofuscamiento va acompañado de un soberbio delirio de omnipotencia, en el cual resuena siniestramente el demoníaco «seréis como Dios» (Gn 3,5) que es la raíz de todo pecado. Ese delirio también puede asumir formas sociales y políticas, como han mostrado los totalitarismos del siglo XX, y como muestran hoy las ideologías del pensamiento único y de la tecnociencia, que pretenden hacer que Dios sea irrelevante y que el hombre se reduzca a una masa para utilizar. Y actualmente también pueden mostrarlo las estructuras de pecado vinculadas a un modelo falso de desarrollo, basado en la idolatría del dinero, como consecuencia del cual las personas y las sociedades más ricas se vuelven indiferentes al destino de los pobres, a quienes cierran sus puertas, negándose incluso a mirarlos.
La Cuaresma de este Año Jubilar, pues, es para todos un tiempo favorable para salir por fin de nuestra alienación existencial gracias a la escucha de la Palabra y a las obras de misericordia. Mediante las corporales tocamos la carne de Cristo en los hermanos y hermanas que necesitan ser nutridos, vestidos, alojados, visitados, mientras que las espirituales tocan más directamente nuestra condición de pecadores: aconsejar, enseñar, perdonar, amonestar, rezar. Por tanto, nunca hay que separar las obras corporales de las espirituales. Precisamente tocando en el mísero la carne de Jesús crucificado el pecador podrá recibir como don la conciencia de que él mismo es un pobre mendigo. A través de este camino también los «soberbios», los «poderosos» y los «ricos», de los que habla el Magnificat, tienen la posibilidad de darse cuenta de que son inmerecidamente amados por Cristo crucificado, muerto y resucitado por ellos. Sólo en este amor está la respuesta a la sed de felicidad y de amor infinitos que el hombre —engañándose— cree poder colmar con los ídolos del saber, del poder y del poseer. Sin embargo, siempre queda el peligro de que, a causa de un cerrarse cada vez más herméticamente a Cristo, que en el pobre sigue llamando a la puerta de su corazón, los soberbios, los ricos y los poderosos acaben por condenarse a sí mismos a caer en el eterno abismo de soledad que es el infierno. He aquí, pues, que resuenan de nuevo para ellos, al igual que para todos nosotros, las lacerantes palabras de Abrahán: «Tienen a Moisés y los Profetas; que los escuchen» (Lc 16,29). Esta escucha activa nos preparará del mejor modo posible para celebrar la victoria definitiva sobre el pecado y sobre la muerte del Esposo ya resucitado, que desea purificar a su Esposa prometida, a la espera de su venida.
No perdamos este tiempo de Cuaresma favorable para la conversión. Lo pedimos por la intercesión materna de la Virgen María, que fue la primera que, frente a la grandeza de la misericordia divina que recibió gratuitamente, confesó su propia pequeñez (cf. Lc 1,48), reconociéndose como la humilde esclava del Señor (cf. Lc 1,38).
Vaticano, 4 de octubre de 2015
Fiesta de San Francisco de Assis
FRANCISCUS

El Papa a la Doctrina de la Fe: La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo

“La misericordia constituye el dintel que soporta la vida de la Iglesia”, expresó el Santo Padre en su discurso a los participantes en la asamblea plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe a quienes recibió esta mañana en audiencia en la Sala Clementina. 

“En la fe y en la caridad se produce una relación cognoscitiva y unificadora con el misterio del Amor, que es Dios mismo. Y sin dejar de ser Dios misterio en sí mismo, la misericordia efectiva de Dios se transformó en Jesús en misericordia afectiva, ya que se hizo hombre para la salvación de la humanidad. 

La tarea encomendada a su dicasterio encuentra aquí su fundamento último y su justificación adecuada, subrayó Francisco. 

El Santo Padre señaló que es necesario promover a todos los niveles de la vida eclesial la justa sinodalidad. Al respecto valoró las reuniones organizadas por la Congregación con representantes de las Comisiones doctrinales de las Conferencias Episcopales europeas, para afrontar colegialmente algunos desafíos doctrinales y pastorales. De esta forma, aseguró el Pontífice a los presentes, contribuyen a “suscitar en los fieles un nuevo impulso misionero y una mayor apertura a la dimensión trascendente de la vida, sin la cual Europa corre el riesgo de perder ese espíritu humano que también ama, defiende”. Por ello, el Papa los invitó a continuar e intensificar con tales órganos consultivos que ayudan a las Conferencias Episcopales y a los obispos en su preocupación por la sana doctrina, en un tiempo de cambios rápidos y de creciente complejidad de las problemáticas. 

La misericordia constituye el dintel que soporta la vida de la Iglesia: la primera verdad de la Iglesia, de hecho, es el amor de Cristo. Por eso se preguntó: ‘¿Cómo no desear entonces que todo el pueblo cristiano –pastores y fieles– redescubra y ponga de nuevo en el centro, durante el Jubileo, las obras de misericordia corporales y espirituales?’ 

Por otro lado, el Pontífice aseguró que otro aporte importante que hacen a la renovación de la vida eclesial es el estudio sobre la complementariedad entre dones jerárquicos y carismáticos. “Según la lógica de la unidad en la legítima diferencia, dones jerárquicos y carismáticos están llamados a colaborar en sinergia por el bien de la Iglesia y del mundo”, precisó. 

El testimonio de esta complementariedad –explicó– es más que nunca urgente y representa una expresión elocuente de esa ordenada pluriformidad que conlleva cada tejido eclesial, como reflejo de la armoniosa comunión que vive en el corazón del Dios Uno y Trino. Y prosiguió recordando que “unidad y pluriformidad son un sello de una Iglesia que, movida por el Espíritu Santo, sabe ponerse en camino con paso seguro y fiel hacia esas metas que el Señor Resucitado indica en el curso de la historia”. 

“Sólo esa raíz, si es reconocida y aceptada con humildad -finalizó el Pontífice- permite que la Iglesia se renueve en cada tiempo. Unidad y pluralidad son el sello de una Iglesia que, movida por el Espíritu, sabe encaminarse con un paso seguro y fiel hacia las metas que el Señor Resucitado le indica en el curso de la historia. Aquí se puede ver cómo la dinámica sinodal, si se entiende correctamente, nace de la comunión y conduce hacia una comunión, cada vez más actuada, profundizada y dilatada, al servicio de la vida y de la misión del Pueblo de Dios”. +